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Diego Maradona

Verónica se quedó con el botín del Diez

El amor de Maradona por su novia dejó de lado las opiniones de Claudia y sus hijas, y abandonó la internación para refugiarse en su nueva casa quinta de Ezeiza. Una decisión inesperada que además desvinculó al doctor Cahe como su médico de cabecera. Un nuevo entorno rodea a Diego.

Entre la vida y la muerte. Entre el cielo y el infierno. Entre su familia y su entorno. Así pasa Diego Armando Maradona sus últimos días, navegando de un polo al otro sin descanso. Estaba bien, adelgazó, cumplió su sueño de volver al fútbol con el showball. Pero de pronto tuvo una recaída y lo internaron por dos graves razones: el tabaco y el alcohol. Muy rápido, en un chasquido de dedos pasó de la luz a las sombras. ¡Y terminó en el Sanatorio Güemes! El diagnóstico fue lapidario: hepatitis alcohólica tóxica y crisis psicóticas. Algunos pensaron en el final, en que Diego no saldría esta vez, pero aguantó y resurgió. ¿Para bien? Nadie lo sabe. Lo cierto es que el mismo Diego firmó asumiendo la responsabilidad por su salida del Sanatorio Güemes y, en la madrugada del miércoles 11, se instaló en su nueva casa quinta, en el barrio El Trébol de Ezeiza. Allí, Maradona comparte el hogar con su novia, Verónica Ojeda, la hija de doña Rufina, una mujer que siempre alentó la inclinación que Diego tiene por el champán.

Antes del Güemes.
Las últimas semanas previas a la internación fueron un verdadero calvario: largas salidas y noches de profundas borracheras formaron parte de la rutina de Maradona. Sin embargo, casi sin pensarlo, fue su amigo y ex médico personal Alfredo Cahe quien logró convencerlo de que se internara. “Así no podés seguir”, le dijo. Diego aceptó, pero allí comenzó otro drama: la ficha clínica mostró un gran deterioro físico y orgánico. “Es por la cantidad de champán que toma y los habanos que fuma. Su cuerpo no los resiste”, explicaron los médicos.
Pero lo peor estaba por venir: en el sanatorio, Diego se sintió como un león enjaulado, y en ningún momento toleró a los enfermeros y asistentes psiquiátricos, quienes debieron sedarlo para que su estadía no fuera violenta. “Le bajaban las dosis sólo para que se pudiera alimentar”, contaron.
En la calle se habló mucho del futuro de Diego; que una clínica en Suiza, que otra en la provincia de Buenos Aires. Pero Diego dijo que no. Su deseo siempre fue el de abandonar el sanatorio y a los médicos que lo atendían.

Guerras e intrigas.
La presencia de Verónica Ojeda en el sanatorio desplazó de al lado de Diego a Claudia Villafañe, e incluso a Dalma y Giannina, sus hijas, que se mostraron mucho menos que en otras oportunidades. “Verónica es aceptada por las hermanas y hermanos de Diego y por sus padres, pero no por las hijas”, contaron los que saben. Así, en la madrugada del miércoles 11, Diego asumió la responsabilidad de su salida y tomó la decisión de cortar relación con Alfredo Cahe. “Diego se tiene que internar sí o sí en Suiza, es la mejor forma de recuperarse. Y también tiene que eliminar ese entorno gris de su lado, porque es el mayor responsable de su pésimo presente”, les dijo Cahe a Lalo Maradona y Omar Suárez, uno de los mejores amigos de Diego. “Que ese señor no hable. Ya dejó de ser mi médico personal, y que tampoco venga el domingo a la cancha porque a mi palco no entran gallinas”, lo apuró Maradona en una entrevista televisiva.
En ese tablero de odios, amores y rencores, queda claro que Diego sólo acepta a Verónica Ojeda y a sus hermanas. Y por esa razón Claudia tomó distancia y, en la misma noche del miércoles 11, cenó en el restaurante Santino, en Las Cañitas, con los periodistas Gastón Recondo y Marcelo Palacios.

Nueva vida.
Hace pocas semanas, a través de una gestión del cantante Antonio Ríos, Maradona compró una casa quinta en el barrio El Trébol, en Ezeiza. Un gran parque enmarcado por una alta y cuidada ligustrina encierra una casa con pileta de natación, una cancha de fútbol, y una parrilla para recibir amigos. El chalet de Diego presenta dos amplios cuerpos edilicios y, desde el miércoles, la entrada es protegida con un extenso vallado de seguridad y 3 policías.
En las últimas horas, algunos amigos mostraron su preocupación por el estado de Diego. “Se deprime con frecuencia, y aunque diga que hay médicos y asistentes que están junto a él, lo cierto es que el nuevo entorno es mucho más permisivo que el anterior. Diego hace lo que quiere, que es justamente lo que no debe”
, aseguran.
Seis vehículos de gran potencia, muchos periodistas, y las llegadas de un delivery de farmacia y otro de gaseosas fue todo lo que se vio en el nuevo hogar de Diego en la tarde del miércoles 11 de abril. Otra etapa, otro capítulo que inicia Maradona. El sabe que puede ser la última oportunidad de su vida. ¿Sabrá aprovecharla?

Luis VenturaFotos: Carlos González, GitanoFotografía Digital y Archivo Atlántida

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